Atlético de Madrid 2-1 Alavés: una ilusión llamada Riquelme

Asiste el Metropolitano a su primera noche de frío y lluvia de la temporada, pero perderse a este Atlético de Madrid es un verdadero riesgo. Es hoy un equipo divertido, radiante; un grupo de hombres felices que al fin responden a todo ese fútbol que auguraba su talento. La afición, lejos de sucumbir a los encantos del sofá y el pijama largo, no le abandona pese a las mellas salpicadas en la grada rojiblanca. Responde el Atlético a sus 50.009 fieles con una personalidad no demasiado frecuente en otros proyectos ganadores de Simeone: con mucha posesión, perenne presencia en el campo vitoriano y autoestima para imaginar cosas bonitas. Es un contexto idóneo para un chaval tan creativo como Rodrigo Riquelme, quien vive la noche de su confirmación como nueva ilusión atlética. Pero su protagonismo en estas líneas llegará algo después.

Antes, en los instantes previos al partido, otro joven futbolista ocupa las miradas y los innegables murmullos del personal. Samu Omoridion, delantero que el Atlético arrebató al Granada tras hacer gol en el Metropolitano en el primer acto de esta Liga, ese nueve imponente que juega cedido en el Alavés, no falla un remate en el calentamiento. Suma dos goles consecutivos (uno de ellos con la sub-21), está pletórico y comienza el partido amenazando la meta de Oblak; solo Witsel, en los pestañeos siguientes al pitido inicial, consigue poner una barrera entre el atacante español y el gol. Asusta el Alavés tras un pelotazo a su referencia, aunque la ocasión es una excepción entre la timidez y el miedo reinante en el equipo vasco.

Vive el Atlético en las afueras de la portería de Sivera y, desde muy pronto, la fragilidad de los hombres de Luis García Plaza en la defensa del uno contra uno parece evidenciar que no tardarán demasiado en perder ese tesoro llamado 0-0. Llevan casi dos meses sin ganar un partido de fútbol, la soga de la zona baja de la clasificación aprieta y, claro, la motivación extrínseca también es importante en el rendimiento. Pocos enemigos hay peores en la vida que los nervios.

Entretanto, nuestro protagonista Riquelme decide amargar la noche a Gorosabel. Recibe el canterano en ventaja gracias al temple de una muy buena versión de Koke, parte en dos al ex de la Real y dispara a bocajarro a un Sivera que se hace inmenso. Es el primer aviso de este mediapunta que, en contra de los pronósticos, no se difumina en el carril zurdo. Allí donde Lino suplió con brillantez el vacío dejado por Carrasco, en ese mismo lugar donde Galán vivió un infierno en Glasgow, Riquelme es el principal foco de peligro en el ataque rojiblanco. Sirve el iluminado chico dos centros preciosos a Morata que no acaban en el fondo de la red porque Dios así no lo desea, encuentra en Griezmann a un amigo, un socio ideal para combinar, y descubre la recompensa del gol a la media hora de juego, tras bailar de nuevo a Gorosabel y, esta vez sí, superar a Sivera.

De nuevo Morata

Como en Celtic Park, Griezmann mejora cada pelota que toca; bien merece el galo sumar varias asistencias, pero los cabezazos desviados de Hermoso y Saúl así lo impiden. Es, sin embargo, Álvaro Morata quien sentencia el partido en la orilla del descanso al recibir otro gran balón de un Koke excelso. Está en estado de gracia el capitán de la selección, que pone la bola en la escuadra para hacer su noveno gol de la campaña. Pasa sin demasiado interés al segundo tiempo, vence el Atlético su sexto encuentro consecutivo en Liga pese al tardío gol de Guevara y se ilusiona ante el exceso de buenas noticias. El liderato se vislumbra en el horizonte: con un partido menos, solo tres puntos le separa de Real Madrid y Girona.